El hundimiento global de los precios del petróleo está dejando a Irán como uno de los pocos ganadores, sino el único, de una crisis que, además de daños económicos, se está cobrando también un precio político en muchos países productores.

La combinación de unos valores mínimos del petróleo, la mala gestión política del asunto por parte de Arabia Saudí y el resto de las monarquías del Golfo Pérsico, acérrimos rivales de la República Islámica, y el fin del embargo internacional al crudo iraní han colocado al país en la paradójica situación de que cualquier evolución en este asunto redundará directamente en su beneficio.

El fracaso de la reunión de Doha el pasado fin de semana entre los mayores productores de crudo ha subrayado esta extraña posición de fuerza de Irán, cuya ausencia, aunque anunciada con anterioridad, fue clave en el resultado.

Y es que con acuerdo o sin él, con precios bajos o altos, o sin que nada cambie, Irán va camino de cumplir importantes objetivos políticos y económicos, viendo además con poco disimulado regocijo el fracaso de los planes de sus rivales.

Hasta cinco expertos en la política del petróleo iraní reconocieron haber recibido órdenes directas del Ministerio de Petróleo de no discutir con nadie el fracaso de Doha ni las perspectivas iraníes en este campo, decisión que apunta a que nadie mueva un barco que navega en la corriente que le interesa a la República Islámica.

Lo cierto es que, acostumbrado a vender muy por debajo de sus posibilidades, ahora cualquier barril extra que venda reporta beneficios para Irán por muy bajo que sea su precio en el mercado, algo que no puede decir ningún otro productor.

Por el contrario, un recorte en la producción de sus competidores que sirva para elevar el precio del crudo, tal y como se debatía en Doha, permitiría a Teherán obtener mayores ingresos sin renunciar a la política declarada de recuperar la cuota de mercado que tenía antes de la imposición de sanciones en 2011.

Con las decenas de empresas, particularmente asiáticas y europeas, que llaman a sus puertas para comprar petróleo tras el fin de las sanciones, Irán va camino de cumplir con su objetivo de inyectar dos millones diarios de barriles de crudo al mercado a lo largo de 2016, lo que al mismo tiempo está poniendo mayor presión a los productores agobiados por los bajos precios.

“El mercado es consciente de que los bajos precios no ayudan a la economía global ni a corto ni a largo plazo. El barril a 70 dólares es algo razonable, pero Irán está también satisfecho con un precio por debajo de eso”, reconoció esta semana el ministro de Petróleo iraní, Bijan Zanganeh.

El estatus quo actual también beneficia a Irán, y no solo porque le permite ganar mercado sin interferencias, sino porque puede mirar desde la barrera como sus rivales árabes, a quienes desde hace años Teherán denuncia como responsables de una nefasta política de precios del petróleo, dan manotazos de ahogado para salir del atolladero en el que se metieron.

Irán se enfrenta a Arabia Saudí en conflictos como los de Siria, Yemen e Irak, y las tensiones entre ambos han llegado a extremos como la suspensión de relaciones diplomáticas.

Daño colateral para Rusia y Venezuela

Con una economía infinitamente más diversificada que la saudí, y con la perspectiva de una oleada de inversión extranjera en el país que permita relanzar su economía, Irán puede permitirse esperar una recuperación del precio del crudo, algo que los árabes, desesperados ante el rápido deterioro de sus arcas, no pueden hacer.

Más aún, desde Irán también se ve con alegría como la comunidad internacional apunta a los árabes como los responsables de la situación, que son vistos como los “malos” de la historia, al tiempo que muchos otros reconocen el derecho iraní a recuperar su cuota de mercado y entienden la lógica de que no se sume a ninguna congelación de la producción.

Como único daño colateral, Irán está viendo sufrir a sus aliados como Rusia o Venezuela, dos países que más dependen de los ingresos del petróleo para el bienestar de sus economías.

En las numerosas reuniones que han tenido lugar en los últimos meses entre responsables de la industria petrolera iraní con rusos y venezolanos, el país asiático no ha dejado de apoyar formalmente cualquier intento por estabilizar el mercado del crudo.

Sin embargo, los ojos del país están puestos con mayor atención en el otro lado del Golfo Pérsico, en donde no cabe esperar la colaboración iraní para resolver ninguno de sus problemas

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