Cuando descubrieron los restos del Titanic el mundo entero se paralizó observando las imágenes fantasmagóricas que provenían de lo que parecía una gran y misteriosa tumba desde el fondo del mar. Al cumplirse un nuevo aniversario del descubrimiento de los restos del Titanic, la Marina de los Estados Unidos revela una muy interesante información sobre cómo ayudó una operación clandestina al descubrimiento del Titanic y que gracias a la mente ingeniosa, creativa y generosa de un explorador, cuya obsesión de niño de querer ser como el capitán Nemo, pudo llevar adelante esta extraordinaria historia.

Descubriendo el Titanic

Cuando naufragó el Titanic, la noticia conmocionó e indignó al mundo entero por el elevado número de fallecidos, los errores cometidos, y por qué se vendió la idea que ni Dios podía hundir ese barco. Desde el hundimiento del Titanic, surgieron proyectos para intentar reflotar los restos de la nave, pero no tuvieron éxito. Los primeros proyectos para reflotar los restos del transatlántico aspiraban recuperar los cadáveres de varios millonarios, como el del coronel John Jacob Astor, Benjamin Guggenheim y Charles Hays, pero la tecnología de la época en 1912, no permitía considerar el reflotar la nave. Luego surgieron nuevos proyectos, pero de escasa viabilidad. Para 1913, Charles Smith propuso el uso de sumergibles e imanes eléctricos unidos al casco para reflotar el barco, pero el proyecto fue abortado por falta de fondos. Los restos luego pasaron al olvido, pero la aparición en los años 1950 de la novela convertida en bestseller “A Night to Remember” de Walter Lord, atrajo nuevamente la atención sobre el Titanic. Nuevas y sorprendentes ideas surgieron, como las de colocar nitrógeno líquido en el Titanic o rellenarlo de pelotas de ping-pong o de vaselina para hacerlo remontar a la superficie. Pero se toparon con un problema común de todos los proyectos para reflotar al Titanic: era demasiado costoso y no encontraron financiamiento. Para 1970 surgieron nuevas investigaciones serias para buscar el Titanic en el fondo del mar por parte del  multimillonario Jack Grimm, que si tenía los fondos, pero para aquel entonces los restos no se hallaron. Finalmente, fueron descubiertos el 1 de septiembre de 1985 por Robert Ballard a una profundidad de 3784 metros en el marco de una misión secreta a cargo de la Marina de Estados Unidos. Después de este descubrimiento, se sucedieron varias expediciones a la zona entre 1986 y 2005. Hoy en día, los restos están muy dañados y sufren un progresivo deterioro, pero desde su descubrimiento miles de objetos del barco han sido recuperados del fondo del mar y están en exposición en distintos museos del mundo. El Titanic es quizá el barco más famoso de la historia y su memoria se mantiene viva gracias a numerosos libros, canciones, películas, exposiciones y memoriales.

La mente brillante del oceanógrafo Robert Ballard

Robert Ballard es el oceanógrafo y capitán de marina retirado que descubrió los restos del RMS Titanic. El sueño de este explorador era encontrar los restos del naufragio más famoso del mundo, pero si no fuera por dos submarinos nucleares desaparecidos quizás nunca hubiesen encontrado los restos del misterioso barco en el fondo del mar. Robert Ballard es digno ejemplo de lo importante que es tener un sueño, visualizarlo y perseverar en el tiempo para poder lograrlo. Desde que era un niño, Ballard admiraba las aventuras del Capitán Nemo, protagonista del libro “20.000 leguas de viaje submarino” de Julio Verne. Él quería ser como Nemo. Ballard ha dicho que desde muy pequeño el hecho de tener a un héroe en su mente le dio dirección a su vida: “Cuando tenía como 10 años, mi libro favorito era 20.000 leguas de viaje submarino. De pequeño, mi héroe era el Capitán Nemo. Yo quería explorar las profundidades del océano. Afortunadamente, cuando se lo dije a mis padres, no se rieron de mí. Al contrario, me animaron a seguir mi sueño. Mis padres me dijeron, ‘puede que tengas que ser un oceanógrafo para ser como el capitán Nemo.’ Por eso estudié oceanografía. Entonces mis padres me dijeron’ ‘Puede que tengas que ser un oficial de la marina,” y eso hice. He usado esto como una guía en mi vida, y me ha permitido vivir mi sueño. Creo que todos tenemos sueños; todos deberíamos tratar de vivir nuestros sueños.” Uno de sus primeros logros fue haber logrado localizar dos naves fenicias de hace más de 3.000 años. Ballard lo hizo usando mapas y técnicas de razonamiento deductivo: “tomé una regla y dibujé una línea entre Ashkelon y Alejandría”, que es la ruta que estas naves tomaban. Basado en datos históricos coleccionados en la Universidad de Harvard, Ballard estima que hay un millón de naves antiguas en el fondo del océano.

Obsesión por el Titanic

La obsesión de Ballard comenzó desde 1976 cuando trató de encontrar al Titanic con el uso de la tecnología Sonar, pero se dio cuenta que por la profundidad en la que se encontraban los restos del naufragio no llegaba la sonda. Por ello se propuso a inventar un robot no tripulado que lo ayudara a poder observar el fondo del mar. Para 1985, el doctor Ballard y sus colegas lograron diseñar un submarino para descender a una profundidad de 3.800 metros, y explorar los restos del naufragio más famoso del Siglo XX. En julio de 1984, el robot sumergible “Argo” estaba listo su inmersión pero aún no tendrá ocasión de utilizarlo. Ballard ya contaba con la tecnología, pero no con los fondos necesarios para tan costosa operación. Peor aún, aunque tenía idea de dónde podían estar localizados los restos del Titanic, era tan difícil encontrar su posición precisa tanto como buscar una aguja en un pajar. Por ello, decidió conseguir los recursos necesarios para su expedición usando su creatividad y capacidad de negociación, y lo logró gracias a sus contactos y una misión secreta en la que podía ayudar a la marina estadounidense.

Una misión secreta

Ballard logró convocar una reunión con la Marina en la que inicialmente solicitó fondos para desarrollar la tecnología robótica sumergible que necesitaba para encontrar el Titanic. Por su parte la Marina estadounidense tenía una gran preocupación por dos submarinos nucleares hundidos, de los que necesitaban ubicar su paradero por lo peligroso de su carga. El  U.S.S. Thresher y el U.S.S. Scorpion. El Thresher se había hundido en el Atlántico Norte a profundidades de entre 3.000 y 4.600 metros y los militares querían saber qué había pasado con los reactores nucleares que impulsaban los buques.  El Scorpion no sólo contenía un reactor nuclear, también transportaba dos torpedos con cabezas nucleares, considerados por la marina su mejor armamento de guerra. Como Ballard estaba obsesionado en encontrar el Titanic y la Marina estaba interesada en encontrar los submarinos, su mente emprendedora y generosa logró negociar. Como la tecnología de Ballard podía ser capaz de alcanzar los submarinos hundidos y tomar fotografías, el oceanógrafo aceptó ayudar a cambio de que lo dejaran  buscar el Titanic, que casualmente estaba ubicado entre los dos restos de los submarinos. El acuerdo fue que después de que Ballard hubiera cumplido su misión, y si quedaba tiempo, podría hacer lo que quisiera, pero nunca le dieron permiso explícito para buscar el Titanic. Es más, nunca pensaron que lo encontraría. Ballard comentó al respecto: “la marina no esperaba que yo encontrase el Titanic, así que cuando sucedió, se pusieron muy nerviosos por la publicidad. Pero la gente estaba tan concentrada en la leyenda del Titanic que nunca ataron cabos con el hallazgo de los submarinos”. Con alivio manifiesta que “la Marina está por fin hablando del tema”. Después de varios percances, Ballard finalmente encontró lo submarinos hundidos. Pero tenía un grave problema: apenas le quedaban dos semanas para encontrar su preciado tesoro, los restos del Titanic. Mientras buscaba los submarinos hundidos, Ballard pudo aprender una lección muy valiosa sobre los efectos de las corrientes marinas en los restos de los naufragios. Y es que mientras se hunden los barcos, gracias al movimiento de las corrientes, estas dejan un rastro con los restos que quedan de los escombros. Con sólo 12 días restantes de misión, Ballard empezó a buscar el Titanic usando esta información  para seguir el rastro del trasatlántico. Él suponía que el barco se habría partido por la mitad y que habría dejado un reguero de restos a medida que se hundía.

El hallazgo

Ballard había ya cumplido con su deber con la Marina estadounidense. Finalizó sus investigaciones y ahora era libre de reanudar su tan anhelada expedición al Titanic. Atendiendo a su acuerdo con la Marina, Robert Ballard disponía de apenas dos semanas para encontrar los restos del naufragio más célebre de la historia, pero ahora tenía la experiencia de las investigaciones de los dos submarinos, lo que le permitió contar con un plan para encontrar el Titanic. En sus anteriores investigaciones con los submarinos encontró los restos de ambos submarinos esparcidos por el lecho marino y pensó que, tal vez, el Titanic también tendría sus restos regados por el suelo marítimo. Y no se equivocaba. Así, Robert Ballard no utilizó el sonar en esta ocasión, pues no se disponía a encontrar el Titanic si no los pequeños restos esparcidos a su alrededor y para ello, era mejor utilizar el robot Argo que disponía de cámaras y podía detectar aquello que el sonar no pudo. Cuando tan solo le quedaban cuatro días para entregar el equipo a la Marina estadounidense, los socios de Ballard distinguieron algo a través de las cámaras del Argo y avisaron al capitán inmediatamente. El explorador bajo casi que rodando por las escaleras. Cuando llegó, observó en la pantalla una de las 29 majestuosas calderas que impulsaban al RMS Titanic. Siguieron su pista hasta que apareció una visión fantasmal que surgía desde el fondo, pudiendo verse la sección de proa del famoso buque llena de óxido y en relativo estado general, en todo caso, peor de lo que se imaginaron muchos interesados en el tema, que esperaban ver un barco casi entero y en buen estado. La noticia con la imagen recorrió el mundo rápidamente. Los restos del Titanic fueron localizados el 1 de septiembre de 1985 a la 1:05 a.m. por una expedición franco americana dirigida por Jean-Louis Michel del IFREMER, y por el doctor Robert Ballard de la Institución Oceanográfica de Woods Hole. Los restos del Titanic fueron localizados a una profundidad de 4.000 metros, a 625 km al sudeste de Terranova. De esta manera Robert Ballard logró cumplir su sueño, un hecho que lo impulsó directamente a la fama, al reconocimiento por su trabajo y a la brillante carrera que hoy en día posee el gran capitán. Probablemente Robert Ballard es considerado hoy, el explorador marino más famoso y reconocido del mundo, y todo gracias a su capacidad mental, su disciplina, emprendimiento y su generosidad al buscar en una misión clandestina a dos submarinos nucleares, arriesgando a que si no le quedaba tiempo, su sueño no se hubiese podido lograr. Pero su mente positiva se impuso y gracias a su curiosidad el mundo finalmente pudo conocer lo que realmente pasó en los últimos momentos de vida del famoso RMS Titanic.