En víspera de los Juegos Olímpicos de Río, vale la pena revisar ahora, ochenta años después, los nefastos Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. Después de ocho décadas cabe hacernos la pregunta de por qué los nazis pudieron salirse con la suya y llevar a cabo los Juegos Olímpicos. La respuesta la encontraremos en tres factores que fueron fundamentales para poder burlar al mundo y lograr realizarlos: el momento en que se eligió Berlín como la sede, una hábil labor diplomática y sobre todo los intereses y complicidad del Comité Olímpico Internacional (COI) de la época. Alemania elegida como sede olímpica Hay que recordar que cinco años antes del evento mundial, El 13 de mayo de 1931, el Comité Olímpico Internacional, liderado por el conde Henri Baillet-Latour de Bélgica, escogió a Berlín como sede de las Olimpiadas de 1936. Esto simbolizaba el regreso de Alemania a la comunidad internacional tras su aislamiento después de la derrota sufrida en la Primera Guerra Mundial. En ese momento no se podían imaginar en lo que se convertiría la Alemania Nazi pocos años después. El boicot hubiera sido lo deseable, pero cuando el Comité Olímpico eligió a Berlín como sede, lo hizo para darle apoyo a Alemania bajo un contexto de depresión económica brutal, convirtiéndose en la primera ayuda diplomática para llevar adelante las olimpiadas nazis. El régimen Nazi llegó al poder en 1933, apenas dos años más tarde y todavía no se conocían bien sus intenciones belicistas. Cuando el líder del partido Nazi, Adolf Hitler, asumió el cargo de canciller de Alemania, rápidamente transformó su frágil democracia en una fuerte dictadura unipartidista que persiguió a judíos, gitanos y a todos los oponentes políticos del régimen. Cuando los nazis tomaron el poder, pretendieron controlar todos los aspectos de la vida y la escena deportiva alemana. Más que a unos atletas, querían entrenar a sus tropas usando la disciplina del deporte. Los nazis podrían usar las olimpiadas para promover el mito de la superioridad y el poderío físico de la raza “aria”. Las imágenes de propaganda también reflejaban la importancia que el régimen nazi confería a la aptitud física, un requisito esencial para el servicio militar. Después Adolf Hitler era nombrado canciller de Alemania y quiso aprovechar los juegos deportivos para demostrar al mundo la “magnificencia” del nazismo. Para ello encargó un elaborado programa de difusión al ministro de propaganda Joseph Goebbels, y para el diseño y puesta en escena al arquitecto Albert Speers quien ofreció por primera vez una ceremonia colosal para los juegos olímpicos, que hasta la fecha eran mucho más modestos que los que conocemos hoy en día. El camuflaje Nazi durante las Olimpiadas Para camuflar sus violentas políticas racistas, los nazis auspiciaron las Olimpiadas retirando temporalmente los letreros antisemitas y los periódicos moderaron su dura retórica, así el régimen aprovechó los Juegos Olímpicos para presentar una falsa imagen de una Alemania pacífica y tolerante. Alemania promovía hábilmente las Olimpiadas mediante coloridos pósteres y anuncios a doble página. Las imágenes de los atletas relacionaban a la Alemania nazi con la antigua Grecia, simbolizando el mito racial nazi que sostenía que la superior civilización germana era la legítima heredera de una cultura “aria” de la antigüedad clásica. Esta visión de la antigüedad clásica enfatizaba las características raciales “arias” ideales: personas rubias de ojos azules, de aspecto heroico y facciones delicadas. Durante dos semanas, en agosto de 1936, la dictadura de Adolf Hitler logró hábilmente esconder su carácter racista y militarista, poniendo a un lado su agenda antisemita y sus planes de expansión territorial, el régimen logró sacar provecho a las Olimpíadas para impresionar a miles de espectadores y periodistas extranjeros presentando la imagen de una Alemania pacífica y tolerante. Ya para ese momento, las democracias occidentales comenzaron a sospechar y dudar de la moralidad de los anfitriones de los Juegos Olímpicos y de sus verdaderas intenciones con los juegos. Boicot Tras la aprobación de las Leyes de Nüremberg en 1933, el alejamiento de los judíos de la vida pública alemana, su persecución sistemática y la recomendación más o menos encubierta de que no se incluyeran atletas judíos en las selecciones de cada país, el boicot era una posibilidad más que recomendable. De los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Suecia, Checoslovaquia y los Países Bajos surgieron movimientos para tratar de boicotear las Olimpíadas Nazis. El debate sobre la participación en las Olimpiadas de 1936 tuvo mayor intensidad en los Estados Unidos, quienes tradicionalmente enviaban una de las delegaciones más numerosas. Algunos de los que proponían el boicot apoyaban la “Olimpiada Popular” planeada para el verano de 1936 en Barcelona, España, pero esta fue cancelada después del estallido de la Guerra Civil Española en julio de 1936, justo cuando habían comenzado a llegar miles de atletas. La pregunta que se hacían algunos países era la de asistir o no a las olimpiadas en Berlín, pero un hábil personaje, Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Estadounidense, logró evitarlo tras desacreditar el movimiento para boicotear los juegos alegando que era una “conspiración judía”. Segunda importante ayuda diplomática a las olimpiadas de Berlín. La diplomacia olímpica El canal PBS recientemente realizó un importante documental sobre las olimpiadas de 1936, con nuevas investigaciones e imágenes inéditas, en la que revelaron cómo el Comité Olímpico y los nazis usaron para su mutuo beneficio convertir a lo que era hasta esos días un pequeño evento deportivo a lo que son ahora las olimpiadas modernas. Las olimpiadas nazis revelaron como los Juegos Olímpicos tomaron forma gracias a la colaboración de los intereses de Hitler y las ambiciones de la COI. El documental revela que para evitar que sabotearan los juegos, Hitler hizo la promesa oficial de que los judíos no iban a ser excluidos del equipo olímpico alemán por lo que el COI decidió no controlarlos. Como un gesto simbólico y para aplacar la opinión internacional, las autoridades alemanas permitieron que la esgrimista alemana de origen judío Helene Mayer representara a Alemania en los Juegos Olímpicos de Berlín, pero su fisonomía era completamente aria y por eso la aceptaron. La atleta se alzó con la medalla de plata en esgrima individual femenino pero tuvo que realizar el saludo nazi al recibir la medalla en el podio. Después de las Olimpiadas, Mayer regresó a los Estados Unidos. Ningún otro atleta judío compitió para Alemania. Sin embargo, nueve atletas judíos ganaron medallas en las Olimpiadas nazis. Después de estas espléndidas olimpiadas el mundo estaba dispuesto a creer que Hitler era mas bien un ángel de la paz y no el dictador que quería propiciar la guerra. Gracias a los negocios lucrativos y contratos que recibió el COI, siguieron cortejando al régimen Nazi, incluso después de la noche del Kristallnach honraron nuevamente a Hitler ofreciéndole a Alemania ser la sede de las Olimpiadas de Invierno para 1940. El COI sirvió como la tercera ayuda diplomática a Hitler para lograr pasar como manso cordero durante el evento deportivo. Conclusión Alemania logró salir victoriosa de las Olimpiadas de Berlín de 1936, sus atletas se adueñaron de la mayoría de las medallas, y la hospitalidad y capacidad organizativa alemana se llevaron todos los elogios de los visitantes. El New York Times señaló al finalizar los juegos, que las Olimpiadas habían devuelto a Alemania a “la comunidad mundial” y le habían restituido su “humanidad”. Sólo unos pocos periodistas como William Shirer, pensaban que el brillo alemán era solo una fachada que ocultaba un régimen racista y opresivamente violento. Mientras apenas se presentaban los informes post olímpicos, Hitler proseguía su paso con grandes planes de expansión para Alemania. Apenas horas después de finalizados los juegos reanudaron la persecución de los judíos y enviaron a millones de personas a los campos de concentración donde encontrarían la muerte. Los juegos de Berlín fueron un perfecto camuflaje para el régimen Nazi, que logró ganar tiempo y vender la idea que eran todo lo contrario a lo que realmente fueron. La diplomacia del COI permitió a Hitler usar los juegos para hacer su propaganda nazi, que gracias al afroamericano Jesse Owens no pudo demostrar la superioridad de la raza aria, a pesar de las medallas logradas por los alemanes en los juegos. El documental de la PBS logra demostrar cómo el uso de la diplomacia a veces sirve para el bien pero otras para el mal, ya que los esfuerzos del COI le sirvieron a los nazi para poder disfrazar sus verdaderas intenciones. El documental de la PBS llega a una dura conclusión: que la política y diplomacia olímpica de 1936 perdura ochenta años después: buscan la monumentalidad, presentan excesos sobre el presupuesto original, hacen coalición con regímenes autoritarios y muestran una gran corrupción. Al concluir los Juegos Olímpicos se aceleraron las políticas expansionistas de Hitler, la persecución de los judíos y de los enemigos del Estado, culminando en la Segunda Guerra Mundial y en una de las eventos más terribles de la humanidad: el Holocausto judío.

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