Cuando Hugo Chávez tomó el poder en Venezuela hace casi 20 años, promovió un populismo de izquierda que parecía estar concebido para salvar la democracia. Pero, por el contrario, ha provocado la implosión del modelo democrático en ese país como se evidenció la semana pasada cuando el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) se apropió de las funciones del parlamento.

Por: Max Fisher y 

El futuro de Venezuela es una advertencia: el populismo es un camino que, al principio, puede lucir como una democracia. Sin embargo, cuando se lo analiza hasta su conclusión lógica, puede provocar que la democracia se debilite o incluso se convierta en autoritarismo.

El populismo no siempre termina siendo autoritarismo. El colapso venezolano también fue provocado por otros factores como la caída en los precios del petróleo; además, las instituciones democráticas pueden frenar las tendencias más oscuras del populismo.

El país está sintiendo las tensiones fundamentales entre el populismo y la democracia que se observan en todo el mundo. Si no se detienen, estas tensiones pueden crecer hasta que uno de los dos sistemas se imponga. Aunque los países deben elegir qué sistema seguir, la decisión casi nunca se hace conscientemente y puede que sus consecuencias no sean claras sino hasta que es demasiado tarde.

Hugo Chávez, quien entonces era presidente de Venezuela, en un evento de campaña en Guarenas en 2012. Su primera elección en 1998 fue impulsada por el populismo.

Destruyendo el antiguo orden

La ola de furor populista que ayudó a que Chávez asumiera el cargo en las elecciones de 1998 fue impulsada por los reclamos sobre el estado de la democracia venezolana.

Cuando Chávez se hizo presidente, el poder judicial era disfuncional y corrupto. Un reporte de Human Rights Watch encontró que la principal corte administrativa de Venezuela “de hecho había establecido cuotas para resolver distintos tipos de casos”.

Menos del uno por ciento de la población tenía confianza en el sistema judicial. Como resultado, hubo mucho apoyo para la primera serie de reformas judiciales de 1999, la cual aumentó la independencia e integridad judicial, según un sondeo de ese año realizado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Sin embargo, cuando el Tribunal Supremo de Justicia impidió el enjuiciamiento de cuatro generales que, según Chávez, habían participado en un intento de golpe de Estado, llegó a considerar que el sistema judicial era un obstáculo a la voluntad popular y cómplice de las élites corruptas a las que prometió oponerse.

Las tensiones crecieron en 2004 cuando el TSJ determinó que la petición de un referendo para destituir a Chávez tenía las firmas suficientes para convocarse.

Entonces, Chávez se otorgó la autoridad para suspender a los jueces opositores y llenar los tribunales con otros; así destruyó el poder del sistema judicial, que limitaba a su presidencia.

“A lo largo de los siguientes años”, según hallazgos del informe de 2008 de Human Rights Watch, “el renovado Tribunal Supremo de Justicia despidió a cientos de jueces y designó a cientos más”.

Según la retórica de Chávez, esto era igual a un sistema judicial que respondiera más a la voluntad y las necesidades del pueblo. Un mensaje que probablemente le gustó a los simpatizantes que lo apoyaban por sus promesas explícitas de acabar con la vieja élite corrupta que detentaba el poder.

Simpatizantes de Chávez durante un mitin de campaña en Caracas, en 2006. Su mensaje era que los problemas del país eran provocados por élites poco democráticas que no respondían a las necesidades del pueblo.

‘El populismo siempre estará en conflicto con la democracia’

Cas Mudde, un politólogo holandés, escribió en una columna de 2015 para The Guardian que “el populismo es una respuesta democrática no liberal al liberalismo no democrático”.

En otras palabras, Chávez, como otros líderes populistas, les dijo a sus simpatizantes que sus problemas eran causados por élites e instituciones indiferentes y poco democráticas. Un líder fuerte, argumentó, era necesario para derribar las fuerzas oscuras e imponer la voluntad del pueblo. Ese mensaje fue popular, así como sus primeras iniciativas.

“Todo eso tiene un precio”, escribió Mudde. Este “extremismo de la mayoría” reformula la democracia no como un proceso negociado con el fin de incluir y servir a todos, sino como una batalla absoluta entre la voluntad popular y quien se oponga a ella… incluyendo a jueces, periodistas, líderes de la oposición o incluso tecnócratas gubernamentales.

Por eso es que Kurt Weyland, un politólogo de la Universidad de Texas, escribió en un artículo académico de 2013 que el “populismo siempre estará en conflicto con la democracia”.

Líderes como Chávez, al arraigar su autoridad en la promesa de defender la voluntad popular, “consideran que cualquier institución fuera de su control es un obstáculo que debe superarse o esquivarse”, escribió Weyland.

Esto revela una contradicción entre cómo se percibe la democracia y cómo funciona en realidad.

“A pesar de toda la retórica democrática, la democracia liberal es un equilibrio complejo de democracia popular y elitismo liberal, que por lo tanto solo es parcialmente democrático”, escribió Mudde en una revista académica en 2004.

Eso requiere otorgar el poder a instituciones que no fueron elegidas y que son necesarias para preservar la democracia a pesar de contradecir la imagen de la voluntad popular pura. Esta contradicción deja un espacio para que los populistas desafíen esas instituciones.

No obstante, cuando los líderes le quitan autoridad a las instituciones para “devolverle el poder al pueblo”, como a menudo dicen, en la práctica están consolidando ese poder para ellos.

“La lógica del personalismo hace que los políticos populistas extiendan sus poderes y discrecionalidad”, escribió Weyland.

Por eso es que los populistas a menudo favorecen el culto a la personalidad. Chávez, además de conducir un programa dominical de televisión, celebró mítines y aparecía constantemente en televisión. Esta práctica suele ser impulsada por algo más que el ego; esos líderes no derivan su autoridad del sistema de reglas que gobierna a las democracias consolidadas, sino del apoyo popular.

Eso solo funciona mientras estos líderes puedan hablar de una relación única con el público que les permita atacar a sus enemigos internos —el poder judicial o la prensa libre, por ejemplo— en su nombre.

Trabajadores en una planta de acero del gobierno durante una huelga en 2013. El gobierno de Chávez tenía la costumbre de poner en la lista negra a trabajadores. 

Consolidando el poder para el pueblo

Las tendencias autoritarias del populismo se evidencian en las primeras batallas de Chávez con los sindicatos, a quienes en un principio había prometido “democratizar”.

Los líderes sindicales de Venezuela eran corruptos, argumentó, y no podían proteger los derechos de los trabajadores.

Su gobierno creó un sistema paralelo de sindicatos, mientras acababa con otros en los que tenía menos influencia. Pero esto configuró una dinámica en la que los sindicatos chavistas tenían preferencia y los opositores eran castigados.

Chávez también comenzó a ejercer un control más directo sobre Petróleos de Venezuela (Pdvsa), la poderosa compañía estatal que maneja la explotación del crudo venezolano, con lo que consolidó su mensaje que propone devolverle el poder al pueblo.

Sin embargo, cuando los trabajadores de Pdvsa organizaron una huelga en 2002, Chávez despidió a más de 18.000 de ellos. Para 2004, su gobierno había comenzado a poner a trabajadores en la lista negra e identificó a las personas que no le eran leales, con lo que excluyó a muchos de ellos de empleos y beneficios gubernamentales.

Eso envió un mensaje aterrador: oponerse al presidente era oponerse a su proyecto de “socialismo bolivariano” en nombre del pueblo. Según esa lógica, la oposición era una amenaza a la libertad.

Estos episodios demuestran cómo las primeras medidas populistas —desafiar a las instituciones no elegidas, abrir camino para las reformas aparentemente necesarias— pueden tener su propio impulso, hasta que la lista de enemigos populistas aumenta y termina por incluir a los pilares de la democracia más básica.

Una tienda en el estado Bolívar fue saqueada en diciembre mientras ocurría una manifestación por la eliminación del billete de 100 bolívares. Las instituciones del país se han debilitado tanto que el crimen está desatado y la corrupción casi es universal.

Atajos hacia la democracia

En retrospectiva, estas medidas indicaban que se trataba de autoritarismo; lo que culminó la semana pasada con el intento de amordazar la legislatura, que era uno de los últimos límites del presidente Nicolás Maduro, sucesor de Chávez.

Eso se pudo evitar. Los fuertes límites democráticos a veces pueden resistir a las presiones del populismo y mantener controlados a los líderes. En Italia, por ejemplo, Silvio Berlusconi dejó el cargo con una lluvia de cargos de corrupción, pero con la democracia del país intacta.

Pero casi nunca es obvio qué camino tomará un país, y no solo porque los primeros pasos hacia el autoritarismo a menudo lucen o parecen democráticos.

Tom Pepinsky, un politólogo de la Universidad de Cornell, ha argumentado que el autoritarismo es una consecuencia no contemplada de factores estructurales que debilitan a las instituciones —como un conflicto armado o un impacto económico— y de medidas que toman los líderes, quienes podrían creer de verdad que están respondiendo a la voluntad popular.

“Así como las democracias pueden ser gobernadas por líderes autoritarios, quienes de verdad creen en la democracia también pueden establecer las bases del autoritarismo”, escribió el profesor Pepinsky en su blog en febrero. Las decisiones que parecen atajos hacia la democracia —como destituir jueces o atacar a los medios hostiles— a largo plazo pueden tener el efecto contrario.

A lo largo del camino, este proceso puede ser difícil de detectar, pues simplemente se exhibe en el funcionamiento de las instituciones burocráticas a las que la mayoría de los electores no les ponen atención. Las elecciones se llevan a cabo, como ha sucedido en Venezuela, los medios conservan libertad nominal y la mayoría de los ciudadanos pueden continuar con sus vidas normalmente.

Venezuela es el peor ejemplo del resultado de un gobierno populista, en el que las instituciones se han debilitado tanto que el crimen está desenfrenado, la corrupción es casi generalizada y la calidad de vida ha colapsado. Sin embargo, esas consecuencias son evidentes solo después de que el daño está hecho.

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Fuente: The New York Times

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